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Licencia Social y Política para Innovar: Una conversación compleja pero necesaria

Opinión de Andrés Mitnik, director de Desarrollo de Negocios en Minería de Fundación Chile

La revolución de la Industria 4.0 está impactando a todos los sectores productivos alrededor del mundo. La minería en Chile no es la excepción; la incorporación de tecnologías digitales es hoy una prioridad por las mejoras en productividad, sostenibilidad y seguridad que promete generar. Este inminente proceso de transformación, sin embargo, es complejo, desafiante y se da en un contexto de constante cambio y alta incertidumbre tanto cultural como tecnológica.

Al igual que las anteriores, la Cuarta Revolución Industrial, ha traído consigo un gran debate en cuanto a sus beneficios y potenciales amenazas, entre las más importantes, el temor a la pérdida de empleos fruto del reemplazo de trabajadores por soluciones tecnológicas.

En este contexto, la posibilidad de que la industria minera nacional evolucione para convertirse en un referente de adopción de tecnologías 4.0, pasa por contar con el apoyo de todos los actores y grupos de interés del ecosistema minero. Es en este escenario donde cobra relevancia la Licencia para Innovar que incluye una dimensión política y una social. Esto dado que la velocidad con que las compañías mineras puedan avanzar en su transformación digital dependerá en gran medida de una regulación ágil que vaya acorde al acelerado paso del desarrollo tecnológico, y por otro, de la forma en que la industria gestione los cambios que se generarán en el mundo del trabajo. A diferencia de la Licencia Social para Operar, la Licencia para Innovar se focaliza en la administración de un proceso de cambio. Es por esto que su foco está en la generación de acuerdos, tanto del regulador como del mundo del trabajo, que reduzcan las fricciones asociadas a la implementación de nuevas tecnologías.

Ni las temáticas de política pública ni las relaciones laborales son conversaciones sencillas, pero esta no es razón suficiente para no abordarlas. Por el lado de la regulación, la constante adaptación a las nuevas tecnologías ha demostrado ser un desafío para los gobiernos en todo el orbe. Los casos clásicos de Uber y Airbnb demuestran la dificultad de adaptar la regulación a nuevos modelos de negocios fruto de los avances tecnológicos y el poder de los incumbentes para frenar estos cambios. Sin embargo, si no definimos, por ejemplo, de quién es la responsabilidad en caso de accidente de un vehículo autónomo, la regulación ambiental asociada al uso del hidrógeno, o los estándares de comunicación máquina-máquina, muchas tecnologías no podrán ser implementadas por no contar con un cuerpo regulatorio que las rija. Esto también aplica a la ley laboral que requiere de una actualización para abordar temáticas como jornadas parciales y flexibles, donde hoy no existe un consenso en cómo deben ser abordadas.

La velocidad con que las compañías mineras puedan avanzar en su transformación digital dependerá en gran medida de una regulación ágil que vaya acorde al acelerado paso del desarrollo tecnológico, y por otro, de la forma en que la industria gestione los cambios que se generarán en el mundo del trabajo».

La multiplicidad de entes regulatorios asociados a la incorporación de tecnologías demanda de parte de la industria tener una visión compartida al respecto, de forma de establecer una sola voz que habilite la alianza público-privada requerida para diseñar y proponer políticas públicas que acompañen este cambio tecnológico.

Por otro lado, para nadie es un secreto que la tecnología traerá cambios en el mundo laboral. Esta conversación debe ser franca y directa, de forma de evitar generar falsas expectativas y promesas incumplidas. Debemos partir, sin embargo, por derribar algunos mitos. El principal de ellos es que la tecnología destruirá empleos. No es la primera vez que nos enfrentamos a esta disyuntiva.

A comienzos de los años 80 se vaticinó una debacle de fuentes de trabajo fruto de la masificación de los computadores personales. Con el tiempo, hemos visto que lo que realmente ocurrió fue una gran creación de valor y de puestos de trabajo fruto de las ganancias de productividad habilitadas por las tecnologías de la información. Sin embargo, lo que ocurrió fue que el empleo cambió, y es esa transición la que hoy debemos manejar.

Hoy nadie sabe a ciencia cierta cuál será el impacto de la incorporación de nuevas tecnologías en la industria minera. Se ha hablado mucho de la destrucción de puestos de trabajo, pero pocas veces recordamos el potencial de generación de empleo de empresas proveedoras locales fruto del desarrollo de un ecosistema que cada día gana en sofisticación y tamaño o la oportunidad que presenta el tener una minería más verde en el desarrollo de nuevos proyectos. Sin embargo, lo que sí sabemos es que los puestos de trabajo serán distintos a como los conocemos hoy.

Administrar esta transición entonces requiere primero, comprender y dimensionar los impactos de este proceso de cambio y, luego, informar y educar debidamente a los grupos de interés más susceptibles. Resulta fundamental también definir las capacidades requeridas para la minería del futuro, definir plazos de implementación y generar programas de capacitación y reconversión laboral según las necesidades de nuestros trabajadores.

El desarrollo local tampoco puede quedar fuera de esta conversación. A diferencia del cierre de las minas de carbón, donde se eliminó la fuente de creación de valor local, las faenas mineras existentes seguirán operando. Por lo tanto, existe la oportunidad para integrar a las comunidades locales a la cadena de valor de la minería de la mano de la experiencia, conocimiento y redes de contactos de trabajadores provenientes de la industria capaces de generar nuevos negocios de servicio. Por supuesto que esto implicaría por un lado, el desarrollo de capacidades en emprendimiento y por otro, generar el capital semilla requerido para comenzar nuevos negocios. Vemos entonces cómo el otro lado de la moneda de un proceso de cambio es la generación de oportunidades. Son justamente estas últimas las que debemos identificar para salir fortalecidos como país de la transición hacia la industria 4.0.

Una forma de llevar a cabo este proceso es el desarrollo de hojas de ruta de cambio, de modo de generar una visión compartida entre las partes, identificar necesidades y, en conjunto, diseñar soluciones. El objetivo último de estas tareas es asegurar que quienes dejen nuestras faenas tengan la capacidad de reconvertirse, ya sea en el mundo de los proveedores, en otras industrias, o emprendiendo, evitando a toda costa repetir lo ocurrido con el cierre de las minas de carbón.

Los desafíos asociados a esta Licencia para Innovar son complejos y requerirán de un alto nivel de esfuerzo y recursos, pero de no abordarlos de forma seria, amplia e íntegramente, como industria nunca tendremos la oportunidad de generar los cambios necesarios para obtener los beneficios de la minería 4.0

Fuente: Fundación Chile

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